La política de telecomunicaciones en la Unión Europea experimenta un cambio significativo que podría redefinir el paisaje del sector en el continente. Durante años, el enfoque se centró en fomentar la competencia, limitando las fusiones para prevenir incrementos en las tarifas al consumidor. No obstante, con la reciente presentación del Digital Networks Act (DNA), la Comisión Europea cambia el rumbo, priorizando ahora la escala, la capacidad de inversión y la autonomía tecnológica.
Este cambio de dirección responde a la necesidad de modernizar y armonizar las normas del sector mediante un marco legislativo que facilite operaciones transfronterizas y reduzca barreras burocráticas que frenan el despliegue de redes avanzadas como la fibra y las tecnologías 5G y 6G. La fragmentación del mercado europeo es un obstáculo para la inversión y la competitividad frente a actores globales, una realidad que la Comisión busca remediar con el DNA.
Entre las propuestas más destacadas del DNA está la introducción de un sistema de autorización tipo “Single Passport” que permitiría a los operadores prestar servicios en varios países de forma más fluida. Al eliminar las fricciones regulatorias entre países, se allana el camino para fusiones paneuropeas efectivas, aunque estas no son una consecuencia automática.
El marco legislativo también toca un aspecto crucial: el espectro radioeléctrico. La intención es ofrecer más previsibilidad a los operadores para garantizar inversiones a largo plazo, planteando reformas en las licencias y proponiendo autorizaciones a nivel de la UE para operaciones satelitales. Este enfoque no solo es una cuestión económica, sino que también incluye una perspectiva estratégica, dado el papel crucial de las redes híbridas actuales que combinan satélite, 5G avanzado y 6G.
En el terreno digital, la transición de redes de cobre a fibra es otro eje central. La fibra constituye la infraestructura básica sobre la que se apoyan tecnologías como la computación en el borde (edge computing), la nube distribuida, la telemedicina y la inteligencia artificial. Sin una base sólida de fibra, estas innovaciones se ven limitadas, una situación que el DNA busca cambiar.
La discusión europea ya no se centra únicamente en precios. La resiliencia, la capacidad de respuesta ante incidentes y la reducción de dependencias también son prioridades en la agenda. El DNA propone un plan de preparación para infraestructuras digitales, subrayando la importancia de estas infraestructuras como componentes estratégicos al nivel de una red eléctrica o una autopista.
Este cambio de paradigma genera un debate inherentemente incómodo. La consolidación de operadores podría llevar a un mercado con menos actores pero más grandes, aumentando la capacidad de inversión y mejorando la calidad. Sin embargo, existe un riesgo: una menor competencia puede conducir a un alza en las tarifas.
Finalmente, mientras que el debate sobre si las grandes plataformas digitales deberían contribuir a los costes de las redes sigue vigente, el DNA opta por no centrar el discurso en la redistribución de costes, sino en garantizar la viabilidad de inversiones a escala europea. La soberanía digital no es solo una cuestión de jurisdicción, sino también de control sobre la infraestructura y la cadena de valor. Con el DNA, la UE parece estar en la búsqueda de campeones paneuropeos que puedan competir globalmente, aunque queda en el aire si estos campeones serán genuinamente europeos o simplemente cumplirán con requisitos regulatorios y de localización.







