En el mundo de la inteligencia artificial, la paradoja de Moravec sigue marcando un desafío significativo: mientras que las máquinas pueden programarse para realizar cálculos complejos y tareas abstractas, como enfrentarse a grandes maestros de ajedrez, aún luchan por replicar habilidades motoras y sensoriales básicas propias de un ser humano, como caminar o interactuar con su entorno. Esta paradoja, formulada en los años 80 por Hans Moravec y otros investigadores, refleja cómo las capacidades cognitivas más simples para los humanos, perfeccionadas a lo largo de millones de años de evolución, son las más difíciles de replicar para la IA. Expertos como Rodney Brooks argumentan que para avanzar, la IA necesita interactuar de manera más directa con el mundo físico, un ámbito en el que sus limitaciones actuales demuestran que, sin un cuerpo físico que perciba el entorno, su «inteligencia» sigue siendo un fenómeno abstracto y desvinculado del pensamiento humano.
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