La muerte de Antonio Tejero Molina, conocido por su intento de golpe de Estado el 23 de febrero de 1981, marca el final de uno de los últimos símbolos del franquismo tardío en España. El teniente coronel, que irrumpió armado en el Congreso de los Diputados, representaba la resistencia de un sector militar aún impregnado de ideales franquistas que veía en la democracia un sinónimo de caos. A pesar de su condena de treinta años, de los que cumplió quince, Tejero jamás mostró arrepentimiento y continuó participando en eventos nostálgicos del régimen. Su figura es un recordatorio de que la Transición española no fue un camino fácil, sino una lucha entre una naciente cultura democrática y los remanentes autoritarios del pasado. Su muerte cierra un ciclo histórico, pero deja la lección de que su intento de frenar el progreso democrático fracasó frente a una sociedad que eligió la libertad sin miedo.
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