El debate sobre la vigilancia masiva en Estados Unidos vuelve a cobrar fuerza a medida que el Congreso se prepara para extender nuevamente la Sección 702 de la Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera (FISA), sin implementar reformas significativas. Esta sección permite la recolección de datos de extranjeros fuera de Estados Unidos, pero a menudo termina afectando a ciudadanos estadounidenses cuya información es capturada incidentalmente. La Ley de Reforma de la Inteligencia y Seguridad de América (RISAA), aprobada hace dos años, introdujo cambios mínimos, dejando intacto el núcleo del programa.
El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, declaró que el objetivo es avanzar con una «extensión limpia» de la FISA por al menos 18 meses. Jim Jordan, presidente del Comité Judicial de la Cámara, a pesar de haber sido defensor de un mandato judicial para acceder a los datos de los estadounidenses, ahora apoya esta extensión, argumentando que las reformas de la RISAA son suficientes.
La RISAA esencialmente reautorizó un programa de vigilancia ya criticado por su historial de abusos. Anteriormente, la Sección 702 se utilizó para espiar a manifestantes, periodistas y legisladores sin justificación adecuada. En lugar de limitar el alcance de la vigilancia, la RISAA amplió el poder del gobierno para coaccionar a más individuos y proveedores a colaborar en estas actividades.
Con la cercanía de la fecha de reautorización, se propone que el Congreso considere tres proyectos de ley: el SAFE, el PLEWSA y el GSRA. Cada uno aborda diferentes aspectos de la problemática, ofreciendo mayor supervisión y salvaguardas para la privacidad de los ciudadanos.
La vigilancia en masa, iniciada en secreto bajo el gobierno de George W. Bush, sigue siendo un tema controvertido. Aunque la Sección 702 fue creada en 2008 con ciertas medidas de supervisión, las revisiones han sido insuficientes. Las agencias como la NSA y el FBI han enfrentado cambios significativos, haciendo que la reforma no solo sea necesaria, sino urgente. La privacidad y los derechos constitucionales de los estadounidenses merecen una protección más robusta ante el avance de la vigilancia digital.








