En la turística ciudad de Budva, Montenegro, rusos exiliados y ucranianos desplazados han encontrado un singular remanso de convivencia, a pesar de que en otras partes de Europa estas diásporas viven separadas. Mientras la guerra en Ucrania sigue su curso, en Budva, uno de cada seis residentes es ruso o ucraniano, y ambos grupos colaboran en proyectos culturales y educativos, dejando de lado la propaganda y centrándose en la paz. Personas como el músico ruso Mijaíl Borzykin y la directora teatral ucraniana Katarina Sinchillo son ejemplos de cómo los ciudadanos de ambos países están trabajando juntos, impulsados por un enemigo común: la guerra y el autoritarismo. En este enclave lejos del frente, han acordado mantener la normalidad y la comunicación crítica como antídotos contra la división, ofreciendo un raro ejemplo de coexistencia en un continente polarizado.
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