El progresismo actual se enfrenta a críticas por su enfoque moralizante que parece rechazar el humor como una expresión legítima, considerándolo peligroso para sus causas. La reciente polémica sobre los espectáculos cómicos con personas con acondroplasia evidencia esta tendencia a dictar normas morales, imponiendo su visión sobre los propios protagonistas que defienden su oficio. Este enfoque paternalista limita la libertad individual al considerar solo aceptables aquellas decisiones que encajan en su marco moral. En su intento por proteger a las personas, el progresismo puede negarles su autonomía, olvidando que el humor, con su capacidad para incomodar e introducir duda, es una parte esencial de la diversidad social. Así, se advierte que al perder su sentido del humor, el progresismo sacrifica su capacidad de autocrítica, lo cual es fundamental para una ideología que no teme cuestionarse a sí misma.
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