En el siglo IV, Santa Elena, madre del emperador Constantino, redescubrió el lugar de la crucifixión y sepultura de Jesús. Este sitio, sin embargo, ya era venerado por los primeros cristianos mucho antes de su redescubrimiento. La tumba vacía, en particular, había sido un punto de peregrinación y devoción desde los inicios del cristianismo. Este acto de redescubrimiento por parte de Santa Elena consolidó la importancia histórica y religiosa del sepulcro como un lugar sagrado en Jerusalén.
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