En el siglo XIX, una mente visionaria ya intuía el potencial de la inteligencia artificial, y no se trataba de los renombrados Newton o Einstein, sino de Ada Augusta Byron, condesa de Lovelace. A pesar de los prejuicios de la época contra las mujeres en la ciencia, Ada recibió una formación excepcional gracias a tutores como Augustus De Morgan y Mary Somerville. Su amistad con el matemático Charles Babbage la llevó a colaborar en la máquina analítica, un prototipo que presentaba características de lo que hoy concebimos como inteligencia artificial. Su trabajo fue pionero, aunque Ada también enfrentó problemas personales y de salud que marcaron su corta vida, falleciendo en 1852 a los 36 años. Su legado, redescubierto hoy, es prueba de su capacidad para prever un futuro que muchos de sus contemporáneos no alcanzaron a imaginar.
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