En el ámbito de la ciberseguridad, donde las vulnerabilidades de software, los parches urgentes y los exploits remotos son pan de cada día, el caso de CVE-2022-38392 emerge como una peculiaridad que ofrece una contundente lección: no siempre el problema radica en el código, sino en cómo interactúan el mundo digital y el físico. La vulnerabilidad en cuestión no se debe a un fallo de autenticación o a un paquete malicioso, sino a una señal de audio asociada al videoclip «Rhythm Nation» de Janet Jackson.
Lo que comenzó como una curiosa historia técnica recuperada por Microsoft, fue posteriormente formalizada en la National Vulnerability Database (NVD). La descripción de la vulnerabilidad, poco convencional para un CVE, detalla cómo «ciertos discos duros de 5.400 RPM (…) permiten a atacantes físicamente próximos causar una denegación de servicio mediante un ataque de frecuencia resonante con la señal de audio del vídeo musical». Esto implica que un equipo susceptible al ataque, al estar cerca del sonido, podía experimentar una falla en su dispositivo de almacenamiento, bloqueando todo el sistema.
Si bien está catalogado como una vulnerabilidad de denegación de servicio (DoS), su verdadero reto radica en la proximidad física necesaria para el ataque y en la sencilla complejidad del fenómeno una vez que se conoce el desencadenante. La NVD le da una puntuación CVSS 3.1 de 5,3 (MEDIA), destacando un impacto considerable en la disponibilidad de los sistemas afectados. No obstante, se advierte la ausencia de un inventario público cerrado que nombre todos los modelos específicos de hardware comprometidos, aunque se menciona a Seagate STDT4000100 como un producto reportado.
Raymond Chen, ingeniero de Microsoft, proporciona el relato más difundido sobre el descubrimiento de esta vulnerabilidad, datando de la era de soporte de Windows XP. Un gran fabricante detectó que reproducir «Rhythm Nation» podía bloquear algunos portátiles, un fenómeno que intrigó aún más al comprobarse que el problema podía replicarse en equipos cercanos de otros fabricantes. La causa de este fallo se halló en la resonancia de ciertas frecuencias de audio, que coincidían con frecuencias naturales de componentes internos de algunos discos duros, causando fallos que llevaban al sistema a entrar en un estado de denegación de servicio.
Para mitigar la vulnerabilidad, la solución fue ingeniosa: implementar un filtro en la canalización de audio para detectar y eliminar la frecuencia problemática durante la reproducción. Este enfoque tan simple como efectivo se convirtió en una pieza esencial, resguardando los sistemas desde Windows XP y hasta, al menos, Windows 7. La historia cobró una nueva relevancia en 2025, cuando se reveló que el filtro, un Audio Processing Object (APO), seguía presente, incluso funcionando independientemente de las configuraciones de audio del usuario.
Hoy día, el riesgo asociado a CVE-2022-38392 es casi nulo, sobre todo porque los equipos modernos han migrado a unidades SSD, inmunes a resonancias similares. No obstante, este episodio destaca un punto crítico: la superficie de ataque no termina en el software. Las debilidades pueden emerger de la vibración, la acústica, las interferencias u otras condiciones ambientales, especialmente en equipos legacy que aún se utilizan en entornos industriales. La lección principal es que la seguridad y la resiliencia también dependen del diseño físico y material de los dispositivos.
En tiempos donde la industria enfatiza la soberanía tecnológica y la cadena de suministros, la historia del «CVE de Janet Jackson» persiste como una narrativa fascinante y reveladora, subrayando que hay amenazas que no llegan a través de Internet, sino a través del aire.








