Las generaciones nacidas en los años 1950 y 1960 crecieron en un contexto histórico con marcadas diferencias sociales y económicas respecto al presente, lo que los llevó a incorporarse al mundo laboral tempranamente, más por necesidad que por vocación. En su mayoría, desempeñaron tareas en el campo o en negocios familiares desde edades tempranas, en un entorno donde el acceso a la educación era limitado y la infancia se percibía de manera distinta. Este contexto forjó en ellos una cultura de resiliencia y esfuerzo, caracterizada por la capacidad de adaptarse y colaborar en conjunto. Además, un factor determinante fue la ausencia de supervisión adulta constante, lo que fomentó su capacidad de resolver problemas y gestionar la incertidumbre de manera autónoma, algo que las generaciones actuales experimentan menos, debido al exceso de supervisión y programación en sus vidas cotidianas.
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