Durante más de una década, la Unión Europea ha proclamado su deseo de alcanzar la soberanía digital, pero la realidad muestra una dependencia marcada de gigantes tecnológicos estadounidenses como Microsoft, Google y Amazon. Esta dependencia se traduce en un control limitado sobre el software, las plataformas de productividad y la infraestructura de datos de Europa.
La estrategia de «cloud first» adoptada por gobiernos europeos, que promueve la nube pública como símbolo de modernidad, resulta un espejismo cuando se examina el control que estas empresas tienen sobre los datos. Proyectos europeos como Gaia-X, diseñados para asegurar la soberanía de datos, han perdido tracción debido a la falta de ambición política y a presiones externas, resultando en que la mayoría de datos europeos terminan bajo el amparo del Cloud Act de Estados Unidos, poniendo en tela de juicio la independencia europea.
El monopolio de Windows y Microsoft Office ha consolidado su estatus no solo como herramientas tecnológicas sino como normas culturales, condicionando la educación y operativa de múltiples sectores. Aunque alternativas europeas como LibreOffice y sistemas operativos basados en Linux están disponibles, la falta de apoyo institucional ha permitido que el dominio de Microsoft persista.
Por otro lado, actores como SUSE, openSUSE y Debian representan una oportunidad para establecer un ecosistema tecnológico propio. Aunque cuentan con la capacidad técnica para competir a nivel empresarial y comunitario, la falta de una estrategia coordinada y una decidida voluntad política han impedido su consolidación como pilares de soberanía digital.
El dominio de Google y Microsoft se extiende incluso al correo electrónico, con un 80% de las universidades europeas dependiendo de sus servicios. Pese a la existencia de alternativas libres viables, la falta de resistencia a las soluciones de «marketing gratuito» ha consolidado esta dependencia tecnológica.
Más allá del ámbito técnico, el desafío que Europa enfrenta es político y cultural. Actualmente, parece más rentable importar tecnología que desarrollarla, echando por tierra la posibilidad de recuperar la autonomía en la nube, sistemas operativos y aplicaciones críticas. Mientras otras potencias protegen sus campeones tecnológicos, Europa sigue cediendo terreno.
Para revertir esta situación, la UE debe traducir sus discursos en acciones concretas: adoptar Linux en administraciones y universidades, imponer formatos abiertos con LibreOffice, recuperar el control del correo mediante soluciones libres y fomentar nubes soberanas europeas.
El tiempo apremia. La falta de acción dejará a Europa como un cliente cautivo en la guerra tecnológica global, incapaz de decidir su propio destino digital si no se toma una postura decidida en favor de la soberanía tecnológica.