La guerra en Irán está generando un impacto ambiental severo que se manifiesta en distintos frentes. Las consecuencias incluyen una peligrosa «lluvia negra» sobre Teherán y un estancamiento de 68 superpetroleros en el estrecho de Ormuz, los cuales podrían derramar hasta 16.000 millones de litros de petróleo. Estos acontecimientos ya se están dejando sentir en zonas tan distantes como Sri Lanka, donde un petrolero iraní torpedeado ha provocado una gran mancha de crudo. Los ataques israelíes sobre 30 instalaciones petroleras en Irán han desatado incendios que han cubierto la metrópoli de Teherán con una niebla tóxica perjudicial para la salud de sus habitantes, especialmente niños y ancianos. La capital iraní, ubicada en una cuenca semicerrada, enfrenta un agravamiento de la calidad del aire, con contaminantes concentrándose cerca del suelo. Asimismo, las incidencias medioambientales se extienden a 12 países, incluyendo ataques a refinerías y puertos en la región del Golfo, perturbarando la navegación marítima y amenazando ecosistemas únicos como los manglares del estrecho de Ormuz. Esta situación está acompañada de un bloqueo electrónico que afecta a al menos 12 buques mercantes. Las estimaciones de daños adelantadas por el CEOBS indican que la contaminación por productos petrolíferos podría extenderse, exacerbando una crisis que algunos expertos consideran potencialmente irreversible.
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