Durante las décadas de 1960 y 1970, España vivió un significativo fenómeno de emigración motivado principalmente por el proceso de industrialización nacional y el fuerte crecimiento económico en países del norte de Europa que demandaban mano de obra. Este «ajuste estructural» llevó a cerca de dos millones de españoles a buscar oportunidades laborales en el extranjero, principalmente en Suiza, Alemania y Francia, al tiempo que se produjo una migración interna hacia las zonas industriales del País Vasco y Cataluña. La emigración implicaba una ruptura emocional y social, ya que los emigrantes, en su mayoría de baja cualificación y de sectores como la construcción y la agricultura, enfrentaban desafíos como el desarraigo. Región como Andalucía y Galicia fueron grandes focos emisores, con el Instituto Español de Emigración gestionando parte del proceso, mientras que los emigrantes europeizados superaron numéricamente a los transoceánicos hacia América. La narrativa idealizada de un futuro mejor en el extranjero, a menudo compartida por familiares y conocidos, fue un incentivo emocional clave para este éxodo.
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