En medio de un panorama donde la Inteligencia Artificial (IA) está redefiniendo tanto el ámbito tecnológico como el geopolítico, Jensen Huang, el CEO de NVIDIA, sorprende con un enfoque especialmente personal. Durante su intervención en el Foro Económico Mundial de Davos, Huang relató una anécdota que, más allá de un simple recuerdo, encierra una valiosa lección financiera: en los inicios de la empresa, tras su salida a bolsa, vendió acciones cuando la compañía se valuaba en 300 millones de dólares para comprarle a sus padres un Mercedes S-Class. Hoy, Huang admite su arrepentimiento por el mal momento en que realizó la venta.
Este relato personal se convierte en el símbolo del vertiginoso avance tecnológico en el que NVIDIA ha jugado un papel crucial. De ser una pequeña firma en su etapa post-OPV, la compañía ha alcanzado alturas monumentales, situándose en ocasiones cerca de una capitalización bursátil de 5 billones de dólares, gracias a su prominente influencia en el desarrollo de la IA.
Huang utiliza esta historia no solo como un recuerdo, sino como un augurio estratégico. Afirma que el despliegue tecnológico actual implica «el mayor despliegue de infraestructura de la historia», con inversiones ya realizadas por cientos de miles de millones de dólares y más por venir. La IA, argumenta, ha dejado de ser un mero elemento de software para convertirse en la base de una transformación global de infraestructuras, un proceso que requiere una inmensa capacidad de computación y el desarrollo de centros de datos, redes, energía y más.
Sin embargo, el relato del Mercedes S-Class también resuena con cualquier inversor que ha vendido un activo antes de un incremento significativo en su valor. Huang simboliza esta sensación de oportunidad perdida, recordando a muchos la volatilidad y los errores de previsión en el mercado bursátil. Paralelamente, experiencias similares se ven en inversores que han reducido su exposición a NVIDIA antes de que sus acciones tomaran un rumbo decisivamente al alza.
Esta narrativa no promueve una estrategia de inversión de “comprar y no vender nunca», sino que subraya la importancia de entender el ciclo económico de la IA. La inversión inicial, marcada por un endógeno incremento en el gasto de capital (CAPEX), debe encontrar su equilibrio con la generación de valor substantial. Esto es esencial para los proveedores de infraestructura y servicios asociados, quienes podrían beneficiarse significativamente si la IA logra integrarse de manera efectiva en productos y procesos medibles por su retorno sobre la inversión (ROI).
No obstante, esta vasta inversión en infraestructura de IA plantea incógnitas sobre si se traducirá en beneficios sostenidos y palpables para la sociedad. Aunque el crecimiento de la demanda de computación sigue proyectándose, los mercados recuerdan lecciones de ciclos anteriores, donde un exceso de capacidad puede perjudicar tanto a fabricantes como a operadores.
En 2026–2027, dos escenarios se presentan: uno de expansión sostenida, donde la IA se incorpora exitosamente en diversos sectores, y otro de ajuste selectivo, donde parte de la inversión se frena debido a obstáculos como los costos energéticos. Este despliegue es vital, pero la verdadera pregunta sigue siendo quién será capaz de canalizar esta capacidad de cómputo hacia avances productivos, servicios y ventajas competitivas concretas.
En última instancia, el mensaje de Huang en Davos deja una reflexión poderosa: la IA está impulsando un nuevo ciclo tecnológico sin precedentes, pero su éxito dependerá en gran medida de convertir su amplia estructura en utilidad tangible para el mundo.








