La alta costura sigue siendo un ámbito exclusivo que exige cumplir estrictos requisitos, como tener un taller en París y contar con la aprobación de la Cámara Sindical Francesa. Este sector, tradicionalmente asociado al esmero artesanal y materiales nobles, ha sido reinterpretado recientemente por diseñadores como Jonathan Anderson y Matthieu Blazy, quienes han aportado su toque personal con colecciones innovadoras para Dior y Chanel, respectivamente. Anderson rindió homenaje al legado de Dior con una colección moderna presentada en un escenario floral, mientras que Blazy aportó una sutileza inspirada en los años 20, con la idea de fusionar el legado de Chanel con un toque de fantasía. Al mismo tiempo, Daniel Roseberry para Schiaparelli, Silvana Armani para Armani Privé y Alessandro Michele para Valentino han destacado por sus evocadoras presentaciones, cada una explorando temáticas que van desde lo gótico y la herencia familiar hasta la crítica del poder de la imagen en la sociedad contemporánea. Así, mientras la utilidad de la alta costura puede ser cuestionada en un mundo en constante mecanización, su valor radica en su resistencia a la automatización y su capacidad de hacer soñar, atractivo incluso para figuras tecnológicas como Jeff Bezos.
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