SpaceX ha recibido un nuevo respaldo de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de Estados Unidos para expandir su constelación satelital Starlink, obteniendo permiso para operar hasta 15,000 satélites de segunda generación. Este movimiento afianza el papel de Starlink en la conectividad global y reabre el debate sobre la sostenibilidad del tráfico orbital y el creciente poder de las grandes infraestructuras privadas en el ámbito de internet.
Sin embargo, la autorización de la FCC no es una invitación sin restricciones. Aunque se ha permitido el despliegue de 7,500 satélites adicionales, este número se suma a los ya aprobados anteriormente. Queda pendiente la aprobación para el total solicitado inicialmente para la Gen2, que incluía un despliegue mucho mayor. Por tanto, la FCC da un paso adelante, pero mantiene controlado el alcance más ambicioso del proyecto.
Para los usuarios, la expansión promete mayor capacidad, menor congestión y una red más robusta. Desde una perspectiva estratégica, Starlink busca mejorar la densidad y cobertura para optimizar el rendimiento en horas punta, incrementar su presencia en regiones sin buena conexión terrestre y competir no solo con proveedores de telecomunicaciones, sino con futuros servicios híbridos que integren satélite y móvil.
Este despliegue también se alinea con una tendencia creciente: las constelaciones de órbita baja no son solo soluciones de «internet satelital» para áreas remotas, sino una capa de conectividad adicional que podría integrarse con las redes móviles. La cobertura regulatoria refleja esta dirección al considerar el uso de Starlink para ofrecer conectividad directa a teléfonos fuera de Estados Unidos y como capacidad complementaria dentro del país.
La FCC ha impuesto un cronograma exigente: SpaceX debe lograr desplegar el 50% de los 7,500 satélites autorizados antes del 1 de diciembre de 2028 y completar el despliegue antes del 1 de diciembre de 2031. Además, la primera generación de Starlink deberá estar completamente desplegada antes de noviembre de 2027. Esto sitúa a SpaceX en una carrera contra el tiempo donde el «derecho a operar» es casi tan valioso como la propia tecnología.
Pero con el incremento del número de satélites, también aumentan los desafíos, especialmente el riesgo sistémico asociado al tráfico orbital. La posibilidad de fallos que podrían derivar en problemas de seguridad espacial es una preocupación creciente. Ante esto, SpaceX ha anunciado planes para ajustar parte de su constelación a altitudes más bajas, una medida que podría optimizar el rendimiento y reducir el tiempo de reentrada si un satélite quedara fuera de control.
En el contexto geopolítico y de mercado, la movida estratégica de Starlink no ocurre aislada. La integración de servicios de conectividad directa a móviles convierte al espectro y los acuerdos con actores terrestres en elementos clave. La reciente venta de licencias de EchoStar a SpaceX, valorada en alrededor de 17,000 millones de dólares, ilustra la transformación del satélite de un mero respaldo a un competidor capaz de integrarse realmente en el mercado móvil.
Este escenario plantea preguntas críticas. Con una empresa controlando la constelación, estaciones terrestres, acuerdos de espectro y una capa de conectividad «directa» al consumidor final, se amplifica su capacidad de influencia técnica y comercial. Lo que alguna vez fue la cuestión de «¿habrá internet en zonas rurales?» ahora se transforma en «¿quién determinará las reglas y la economía de la conectividad global?».
El impacto real de esta autorización de la FCC se medirá en función de cuatro indicadores principales: la calidad del servicio en momentos de alta demanda, la madurez del servicio direct-to-cell, la gestión de riesgos orbitales, y el efecto dominó de las decisiones regulatorias entre distintos países. Mientras SpaceX se prepara para el desafío de escalar su infraestructura, la atención se centra en cómo equilibrarán el crecimiento con los costos técnicos, ambientales y políticos asociados.








