Hay cosas que solo se entienden de verdad cuando ya han pasado. La infancia es una de ellas. Mientras está ocurriendo, casi siempre parece inagotable. Los días se hacen largos, las rutinas pesan, el cansancio aprieta y la casa vive en un ruido constante de mochilas, meriendas, dibujos, ropa por recoger y preguntas que no terminan nunca. Pero luego pasa el tiempo, y lo que parecía una etapa interminable se revela como lo que siempre fue: un territorio breve.
La infancia no se marcha de golpe. Ese es, quizá, su rasgo más desconcertante. No hay una despedida clara, no hay una escena final, no hay una última función con aplauso y telón. Se va poco a poco, sin avisar, en detalles pequeños que desaparecen sin hacer ruido. Un día dejan de correr hacia la cama de sus padres al despertarse. Otro día ya no piden “otro cuento más”. Más adelante dejan de enseñar con urgencia cualquier tontería maravillosa que acaban de encontrar. Y cuando los adultos se quieren dar cuenta, ese niño o esa niña que convertía la casa en el centro del mundo ya ha empezado a mirar hacia fuera.
En Andalucía, donde la vida familiar sigue teniendo un peso tan fuerte en muchas casas, ese proceso se siente de una manera muy reconocible. Se nota en los patios que dejan de llenarse de juegos, en las tardes en las que ya no hace falta bajar al parque a la misma hora, en la mesa donde antes todo se contaba y luego empieza a haber más silencios. Se nota en el verano, cuando los hijos ya no buscan a sus padres con la misma dependencia feliz de otros años. Y se nota, sobre todo, en esa mezcla de orgullo y pellizco que acompaña a cada pequeña señal de autonomía.
Porque crecer es exactamente eso: aprender a no necesitar tanto a quienes lo eran todo.
Ese es el gran éxito de cualquier padre o madre, y también una de sus mayores contradicciones. Durante años lo entregan todo para acompañar a sus hijos, para protegerlos, para enseñarles, para que se sientan queridos, seguros y capaces. Y cuando por fin empieza a notarse que lo han conseguido, cuando el niño ya se viste solo, ya resuelve algunas cosas sin ayuda, ya no busca la mano a cada paso y ya se guarda una parte de lo que piensa, entonces aparece una nostalgia extraña. No porque uno quiera que no crezcan, sino porque entiende que hay gestos que no volverán.
Se echa de menos lo que, en su momento, incluso agotaba. Los pies fríos en mitad de la noche. El vaso de agua pedido tres veces antes de dormir. El dibujo enseñado con una solemnidad absoluta. Las preguntas sin fin. La necesidad constante de aprobación. La risa desatada por cualquier tontería. Todo eso que parecía tan cotidiano termina revelándose como un privilegio.
La trampa está en que casi nadie reconoce el valor exacto de esas escenas mientras suceden. Y es lógico. La vida no se vive con música de fondo ni con la conciencia continua de estar atravesando un momento irrepetible. Se vive con prisas, con trabajo, con facturas, con lavadoras, con madrugones y con el deseo muy humano de que llegue un rato de calma. Por eso resulta tan fácil confundir lo habitual con lo permanente. Y por eso duele tanto descubrir, tiempo después, que aquella normalidad era precisamente lo extraordinario.
Hay algo profundamente conmovedor en la forma en que los hijos pequeños miran a sus padres. Los miran como si pudieran arreglar casi cualquier cosa. Como si fueran refugio, respuesta, casa y mundo al mismo tiempo. Luego la vida hace su trabajo. Aparecen los amigos, las primeras vergüenzas, los secretos, los gustos propios, las puertas que se cierran, la necesidad de tener una intimidad. Todo eso es sano. Todo eso es natural. Todo eso tiene que pasar. Pero no deja de ser una forma de distancia.
No es una distancia triste, necesariamente. Es la distancia correcta. La que permite que un hijo deje de ser pequeño para convertirse en sí mismo. Lo que ocurre es que, mientras ese proceso avanza, los padres tienen que aprender otra tarea para la que nadie les prepara del todo: la de soltar poco a poco sin dejar de estar.
Y ahí está el fondo de esta cuestión. La infancia no exige perfección. No pide padres impecables, ni días memorables, ni una colección de momentos ideales. Lo que pide, casi siempre, es algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo: presencia. Estar. Escuchar. Mirar. No despachar demasiado rápido lo que hoy parece una escena cualquiera, porque muchas veces son precisamente esas escenas las que luego sostienen el recuerdo.
No hace falta convertir cada tarde en una foto bonita ni cada conversación en una lección trascendental. Basta con entender que, en medio de la rutina, están ocurriendo cosas que un día se echarán de menos. Que el abrazo que hoy llega sin pedirlo un día será más raro. Que el “mira, mamá” o “mira, papá” acabará apagándose. Que la casa, tarde o temprano, dejará de sonar como suena ahora.
Tal vez por eso convendría repetir una idea sencilla, especialmente en este tiempo tan acelerado, tan lleno de pantallas y tan propenso a vivir sin atención real: lo más importante de la crianza suele pasar en lo aparentemente menor. En una merienda compartida. En una conversación de coche. En un cuento leído con sueño. En la mano pequeña que aún busca otra mano al cruzar una calle.
La infancia se va sin avisar. También en las casas andaluzas, donde tantas veces parece que la familia lo ocupa todo. Se va igual en Sevilla que en Málaga, en Córdoba que en Almería, en un piso de ciudad o en una casa con patio. Se va en silencio, mientras la vida sigue. Y quizá por eso convenga mirarla un poco más mientras todavía está aquí.
No para vivir con tristeza lo que aún no ha terminado, sino para entender que aquello que hoy parece una costumbre más, mañana puede convertirse en lo que más se añore. Porque al final casi nunca se sabe cuándo fue la última vez. Solo se sabe después, cuando el pasillo ya no suena igual y cuando uno descubre, demasiado tarde, que aquellos días corrientes eran en realidad una forma irrepetible de felicidad.
Fuente: Educación 2.0




