En un devastador brote de violencia sectaria en Siria, más de 1.500 personas, principalmente de la minoría alauí asociada al depuesto líder Bashar Asad, han sido asesinadas en cuatro días. Este estallido de represalias evidencia la fragilidad de la transición tras la caída del régimen de Asad hace tres meses. Las provincias costeras, Latakia y Tartus, han sido escenario de atrocidades cometidas por leales a Asad y desde el nuevo gobierno liderado por islamistas suníes, lo que ha generado una espiral de ataques sectarios y una campaña de desinformación. Mientras tanto, la inseguridad persiste, aunque el presidente interino Ahmed al Sharaa ha prometido justicia y reconciliación, con un acuerdo reciente para integrar a la coalición kurda en las instituciones estatales, en un intento de estabilizar el país y evitar una guerra civil. Sin embargo, las tensiones estructurales y económicas, alimentadas por actores regionales y milicias incontroladas, presentan un desafío importante para la paz duradera en Siria.
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