Sharenting 2.0: cuando la foto “inocente” de hoy puede convertirse en un problema legal mañana

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Durante años, compartir fotos de los hijos en redes sociales ha sido una rutina casi automática: una excursión, un cumpleaños, un vídeo gracioso en la playa. Pero el fenómeno —conocido como sharenting— ha cambiado de dimensión. Ya no se trata solo de “publicar o no publicar”, sino de entender que cada imagen crea una huella digital que puede acompañar al menor hasta la vida adulta… y regresar como un conflicto familiar, reputacional o incluso judicial cuando cumpla los 18 años.

El punto clave es simple: la imagen, la intimidad y los datos personales pertenecen al menor, no a quien hace la foto. Mientras el niño es pequeño, las decisiones suelen tomarse en modo “piloto automático” y con buena intención. Sin embargo, al llegar a la mayoría de edad, ese menor pasa a ser adulto y puede cuestionar —con herramientas legales reales— lo que se publicó sobre él cuando no tenía capacidad de decidir.

Por qué el “riesgo” se dispara al cumplir 18

Cuando una persona cumple 18 años, cambia el marco práctico de tres maneras:

  1. Autonomía para exigir retirada: el adulto puede solicitar la eliminación de contenidos (en la plataforma, en buscadores o ante terceros que los hayan replicado) y ejercer derechos de protección de datos.
  2. Conflicto por daño reputacional: fotos o vídeos que en casa parecían simpáticos pueden percibirse como humillantes o invasivos. Y eso abre la puerta a reclamaciones si se considera que afectaron al honor, la intimidad o la propia imagen.
  3. Efecto “copia infinita”: aunque una publicación se borre, puede haber capturas, reuploads, cuentas espejo, canales de terceros o rastros en caches. La retirada no siempre es instantánea ni completa, y esa fricción suele agravar el conflicto.

En otras palabras: la discusión no empieza cuando se publica, sino cuando el hijo adulto descubre que su identidad digital fue “construida” por otros.

El nuevo ingrediente: IA, reconocimiento facial y reutilización masiva

Hasta hace poco, el peligro principal era el ciberacoso o la vergüenza social. Hoy se suma algo más frío: la reutilización automatizada.

  • Reconocimiento facial: una cara infantil publicada de forma repetida facilita correlaciones futuras (perfiles antiguos, centros escolares, ubicaciones, amigos de la familia).
  • Modelos de IA y contenidos derivados: una imagen puede acabar integrada en datasets, montajes, memes o usos no previstos.
  • Metadatos y contexto: aunque no se vea, una foto puede revelar rutinas (colegio, actividades, horarios) si se acompaña de textos, ubicaciones o patrones de publicación.

En este contexto, la pregunta responsable deja de ser “¿sale guapo?” y pasa a ser “¿esta publicación sería aceptable si la viera con 18, 25 o 35 años?”.

Lo que muchos padres no valoran: el conflicto familiar y la prueba digital

Un efecto frecuente del sharenting no es penal, sino doméstico: discusiones dentro de la familia cuando el hijo adulto exige borrar fotos y un progenitor se resiste (“pero si no pasa nada”, “es mi perfil”, “es un recuerdo”). El problema es que, en internet, el recuerdo se convierte en distribución pública, y ahí cambia el terreno.

Además, en una disputa, suele haber un elemento que lo complica todo: la prueba. Publicaciones antiguas, stories destacadas, reposts, etiquetas de terceros. El rastro digital puede reconstruirse con capturas, enlaces y archivos. Aunque se borre hoy, puede quedar evidenciado que existió y que se difundió.

Buenas prácticas realistas para reducir riesgos (sin desaparecer de internet)

No se trata de imponer silencio digital, sino de aplicar una lógica de minimización:

  • Regla de identificabilidad: si se publica, mejor que el menor no sea fácilmente reconocible (ángulos, desenfoque, espalda, evitar uniforme y logos).
  • Cero geolocalización y rutinas: nada de ubicaciones en tiempo real ni pistas repetidas (parques concretos, colegio, extraescolares).
  • Privacidad de verdad: listas cerradas, álbumes privados, grupos familiares; y asumir que “cuenta privada” no equivale a “control total”.
  • Evitar situaciones vulnerables: baños, enfermedad, rabietas, castigos, ropa interior, momentos de humillación. Lo que hoy parece gracioso, mañana puede ser una herida.
  • Acuerdo familiar: especialmente útil cuando hay dos progenitores o entornos familiares amplios. Definir qué se publica, qué no, y quién decide.
  • Derecho a opinar del menor: si el niño ya entiende, preguntarle. No es solo educación digital: es prevención del conflicto futuro.

Un debate que ya está subiendo al nivel político

El aumento de preocupación social por menores y entorno digital también se está trasladando al debate público en España, con propuestas y discusiones sobre edades de acceso y medidas de protección en redes. El trasfondo es el mismo: la infancia genera datos, y esos datos no son inocuos.


Preguntas frecuentes

¿Puede un hijo mayor de 18 obligar a sus padres a borrar fotos antiguas de redes?

Puede solicitarlo y, si considera que afecta a su honor, intimidad o propia imagen, puede apoyarse en vías legales y mecanismos de protección de datos para exigir retirada o limitar difusión.

¿Qué tipo de fotos generan más problemas legales o conflictos futuros?

Las que muestran situaciones humillantes, íntimas o vulnerables; las que exponen rutinas/localizaciones; y las que permiten identificar claramente al menor (rostro, uniforme, centros, nombres, etiquetas).

¿Sirve de algo tener el perfil “privado”?

Reduce exposición, pero no elimina el riesgo: seguidores pueden descargar, reenviar o hacer capturas. Además, las plataformas pueden cambiar políticas, y el contenido puede reaparecer por terceros.

¿Qué alternativa recomiendan los expertos para compartir sin exponer?

Canales privados (álbumes familiares cerrados), minimizar identificabilidad, evitar metadatos/ubicaciones y aplicar una “regla de futuro”: publicar solo lo que el propio menor aceptaría ver circulando dentro de 10 o 15 años.

Fuente: Fotos de tus hijos en redes sociales

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