En el pintoresco pueblo de Arbeca, ubicado en Lérida, los almendros ofrecen cada invierno tardío un espectáculo natural único, tiñendo el paisaje de blancos y rosados que anuncian la llegada de la primavera. Este fenómeno no solo embellece el entorno, sino que también simboliza la estrecha relación entre los agricultores y su tierra, y refleja un ecosistema productivo que ha sabido integrarse en la economía tradicional de la región, marcada por su resistencia al clima árido. Aunque la floración temprana de los almendros conlleva riesgos, como las heladas tardías que amenazan la cosecha, muchos agricultores continúan cultivando este fruto como parte de una estrategia que une tradición y adaptación a un contexto de cambio climático y competencia global. Este cultivo, además de su importancia económica, sustenta un valioso patrimonio cultural que refuerza la identidad local y promueve la cohesión territorial, apelando a un futuro donde la modernización y el arraigo histórico coexistan.
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