El mundo del queso, con más de 2.000 variedades, se clasifica en categorías como frescos, blandos, semiduros, duros y azules, en función de su textura y maduración. Un fenómeno común al sacar el queso de la nevera es la aparición de gotas de humedad, resultado de la condensación al contacto con aire más cálido y húmedo, o exudación de grasa debido a un aumento de temperatura. Este proceso puede ser más evidente en quesos grasos o maduros. Se recomienda conservar los quesos en temperaturas adecuadas que varían según su tipo: entre cuatro y ocho grados para semicurados y de ocho a doce grados para curados, protegiéndolos con envoltorios apropiados. La temperatura ideal para el consumo varía desde los 18 a 24 grados, dependiendo de la maduración. Un período de consumo preferente para quesos frescos y de menor tamaño es idealmente dentro de 15 a 20 días.
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