El artículo examina la controversia en torno a la tauromaquia, destacando la percepción errónea de llamar «asesino» al torero. Argumenta que, a diferencia de «asesinar», que se refiere a quitar la vida a un ser humano, «matar» y «sacrificar» implican actos distintos en los que intervienen el hombre y el animal de maneras particulares. Subraya cómo el uso incorrecto del lenguaje ha influido en la visión moderna, en parte por movimientos culturales que buscan igualar al hombre con el animal, despojándolo de su trascendencia. Se defiende la tauromaquia como una expresión de sacrificio y espiritualidad, celebrada por grandes figuras del toreo que enfrentan la muerte con una actitud consciente, entendida como un legado que trasciende generaciones.
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