En medio de una ofensiva aérea que ha sumido a Líbano en un estado de caos y desolación, crece drásticamente el número de víctimas tras los bombardeos israelíes del 8 de abril. Según informes del Ministerio de Salud libanés, el saldo mortal asciende a casi 300 fallecidos, mientras que más de 1,150 personas han resultado heridas, conformando uno de los ataques más letales desde el estallido del conflicto a gran escala entre Israel y Hizbulá el 2 de marzo.
Desde el epicentro de la tragedia en Beirut, el doctor Abdinasir Abubakar, representante de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Líbano, retrató un panorama sombrío durante una conferencia de prensa en Ginebra, revelando el drama de las personas desaparecidas, algunas de las cuales permanecen sepultadas bajo los escombros. «Partes de cuerpos esperan ser identificadas», detalló, evidenciando la magnitud del desastre humanitario.
Preocupación adicional suscitan las amenazas reportadas contra ambulancias y hospitales, situaciones que agravan la ya frágil infraestructura médica del país. Abubakar aludió a posibles mal usos de estas instalaciones por parte de Hizbulá, pero subrayó que la legislación internacional humanitaria impide transformar estos entornos en objetivos bélicos. La seguridad de los trabajadores de la salud es de vital importancia, argumentó el funcionario, enfatizando que la continuidad de estos servicios es esencial para salvar vidas.
La amenaza se extiende a las zonas que alojan importantes hospitales como el Rafik Hariri y el Al Zahara. Ambos centros operan a máxima capacidad enfrentando órdenes de evacuación, una tarea monumental dado que acogen a 450 pacientes en situación crítica.
A esta crisis sanitaria se suma un inminente desabastecimiento de suministros. Líbano afronta una desesperante escasez de recursos médicos vitales, una carencia que se agravará sin una pronta solución. En un telón de fondo marcado por un cese al fuego recientemente anunciado entre Estados Unidos e Irán, las hostilidades entre Israel y Hizbulá siguen su curso.
El éxodo de familias en busca de seguridad es otra alarmante realidad, ilustrada por Eujin Byun de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Los desplazamientos han incrementado a medida que zonas previamente seguras han sido blanco de ataques, lo que también ha generado la destrucción de infraestructuras clave como el puente Qasmiyeh, dificultando aún más la movilidad de las personas afectadas.
La directora del Programa Mundial de Alimentos (PMA) en Líbano, Allison Oman, advierte sobre una crisis alimentaria inminente. Durante una reciente visita a una localidad fronteriza, Oman encontró una panadería destruida, reflejo de la preocupación del sector. Con precios de verduras y pan aumentando vertiginosamente, el temor se intensifica entre las familias.
Ante un escenario donde el 80% de los mercados sigue sin operar y los precios de los alimentos se disparan, la desesperación crece en un país ya azotado por una plétora de crisis. Las perspectivas de un futuro inmediato quedan difuminadas en la incertidumbre económica y social que domina a Líbano.







